Los cien años de la AEDV Imprimir Correo
Editorial
Escrito por Dr. Miguel Aizpún   
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EL PASO DEL tiempo tiene un efecto dispar en las personas y en las instituciones. Mientras el estado físico de los seres humanos tiende a deteriorarse a medida que avanzan los años, ese mismo proceso fortalece las instituciones y acredita su solvencia. Además, el hecho de sobrevivir durante un largo tiempo demuestra la capacidad de una entidad para innovar y adaptarse a un mundo cambiante.

La Academia ha registrado cambios espectaculares en todos los ámbitos

La Academia Española de Dermatología ha llegado a los cien años y cabe preguntarse de dónde ha sacado las fuerzas para resistir tantos avatares como los que caben en un siglo. La respuesta está en unos académicos que han acreditado su profesionalidad y su buen hacer ante la sociedad. Ellos han sido quienes han aportado la energía y constituyen la mejor garantía de futuro.

En los últimos años, la Academia ha registrado unos cambios espectaculares en todos los órdenes. La irrupción de las nuevas tecnologías ha revolucionado las formas de comunicarse, la economía, las costumbres y, en definitiva, la propia forma de ver la vida. En el reducido espacio que constituye una vida, los integrantes de esta nueva sociedad han pasado de comunicarse por carta franqueada al correo electrónico, de estudiar en libros con fotografías en blanco y negro a ese gigantesco arsenal de datos que constituye Internet. Quienes, por edad, hemos vivido una dura economía de subsistencia, ingresamos en la superabundancia de la sociedad de consumo.

Beneficiarse de las nuevas tecnologías de la comunicación exige el correspondiente dominio de unas herramientas que, hace tan sólo unos pocos años, nos hubieran parecido propias de la fantasía de los escritores de ciencia ficción. La dinámica social nos ha obligado a manejar estos nuevos instrumentos y colocado a quienes se resistían a ello en una situación bastante parecida a quienes, en épocas anteriores, no sabían leer ni escribir.

Un buen dermatólogo será todavía mejor si sabe manejar adecuadamente las nuevas herramientas que la tecnología pone a su servicio. Pero un mal profesional lo seguirá siendo, por mucha tecnología que domine. Porque a las máquinas, por muy perfectas que sean, carecen del aliento de la creatividad, que debe prestársela un ser humano. Uno de los síntomas actuales más preocupantes es la sublimación de la máquina, cuando se apoya en el deterioro intelectual de las personas.

La grandeza de la vocación médica es lo que nos permite reconocernos en quienes la ejercitaron a lo largo de la Historia, aunque los medios y las circunstancias fueran muy distintos y diversos. En cada época, la medicina ha echado mano de los conocimientos y del arsenal terapéutico disponible en esos momentos. Pero ha persistido siempre la voluntad de curar, el cuidado por aliviar el dolor y mejorar la vida de los semejantes. Es lo perdurable de la profesión.

La ejemplaridad de lo realizado a lo largo de un siglo es el mejor patrimonio de la Academia. Nos sentimos orgullosos de los académicos que han hecho grande la institución, defendiendo la especialidad en momentos difíciles y contribuyendo, con su generoso esfuerzo, a mejorar la imagen profesional. Eso nos obliga a ser cada día mejores, como depositarios y beneficiarios de ese fructífero legado.

Algunas instituciones centenarias tienden a languidecer o a dormirse en las orillas del largo camino recorrido. No es el caso de nuestra Academia, que sigue más activa que nunca. El último exponente de su intensa labor lo constituyen las reuniones del Grupo de Dermatología Cosmética y Terapéutica y de Tricología, que se celebran en un marco de lujo como es La Rioja. Es de justicia destacar el inestimable trabajo y colaboración prestados por los compañeros Jorge Soto, Pedro Jaén y Salvio Serrano. Es seguro que el doctor Jorge Soto inaugurará, con este evento, una fructífera ejecutoria como coordinador, porque su valía profesional y su entrega entusiasta así lo auguran y acreditan.

Dr. Miguel Aizpún
Servicio de Dermatología
Hospital San Pedro. Logroño